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Patente de corso

Aplauden como focas amaestradas

Arturo Pérez-Reverte

Viernes, 09 de Enero 2026, 10:21h

Tiempo de lectura: 4 min

Aplauden, fíjense en ellos. Aplauden siempre, lo aplauden todo. Aplauden incluso cuando el líder dice una gilipollez o miente con la impune desvergüenza de quien sabe que nadie le pedirá cuentas. Aplauden en grupo, a coro, jaleando la consigna como si les fuera la vida en ello, porque en realidad les va: el cargo, el coche oficial, el despacho, la tarjeta de crédito, el restaurante que nunca frecuentarían de dedicarse a un trabajo decente. Saben que aplaudir como focas bien entrenadas –y que me disculpen las honradas focas– es más rentable que el pensamiento.

La política española se ha convertido en un redil de sinvergüenzas sumisos, donde no te premian por hacer bien las cosas, sino por agachar las orejas

El político que aplaude sin pensar no es un error del sistema; es el perro de Pavlov de su partido, la escoria que resta cuando se esfuma todo criterio propio. No es un representante público, es un comparsa. No está ahí para opinar, sino para obedecer. No para debatir, sino para asentir. No para servir al ciudadano, sino para respaldar al jefe. Pedro Sánchez, con su estilo de gobernar, ha patentado la marca: los partidos políticos españoles se convierten en redil de sinvergüenzas obedientes donde no te premian por hacer bien las cosas, sino por agachar las orejas. Son valientes en Twitter y cobardes cuando su jefe los mira. No lo quieren, sólo le tienen miedo. Pero el miedo ata más que la lealtad.

No hay ahora grandes diferencias. Cambian las siglas y las consignas, se alternan o suceden unos a otros en los escaños, pero la cochina estirpe es la misma: mediocres con ambición, inteligentes cobardes, buscavidas de todo sexo y pelaje, oportunistas que jamás contradicen a sus jefes en público ni en privado y les jalean hasta los bostezos, pues saben –en eso son en extremo competentes– que hasta un silencio prudente es más peligroso para sobrevivir que el aplauso desaforado y entusiasta. Por eso no se trata sólo de aplaudir, sino de que los vean hacerlo. De que la sumisión absoluta conste en acta. El líder habla y ellos sonríen. El líder ordena y ellos ejecutan. El líder miente y ellos reformulan. El líder cae en contradicción y ellos aplauden más fuerte, como si el ruido pudiera borrar la hemeroteca. No hay ideas, hay consignas. No hay debate, hay disciplina. No hay política, hay una secta asalariada e infame.

Y luego están los otros, claro. Los palmeros mediáticos. Los que sostienen la farsa. Los periodistas y tertulianos que si fueran cojos nadie podría adivinarlo desde el poder, porque siempre se le acercan de rodillas. Los chupacirios a sueldo y los convencidos sectarios, pues de ambos hay, que se llaman a sí mismos profesionales mientras adulan a quien los trajine en ese momento. Los que no preguntan sino masajean, no investigan sino justifican, no informan sino protegen. Y cuando enseñan el colmillo nunca es contra el líder que les llena el pesebre, sino contra quien incomoda a ese líder. Junto al político que aplaude lo que le echen, el periodista comepollas es una de las especies más dañinas del ecosistema democrático porque no es ignorante, sino cómplice. Sabe cuándo algo no cuadra, pero mira hacia otro lado. Sabe cuándo le mienten, pero titula con el eufemismo adecuado. Sabe cuándo debería morder, pero prefiere lamer. Y todo ello envuelto en un discurso moralista sobre la responsabilidad, el contexto, la estabilidad y lo malos que son los otros. 

Así funciona la cochina maquinaria: políticos que no piensan y periodistas que no preguntan. Un círculo vicioso de mediocridad blindada. Un teatro donde todos fingen que todo va bien, mientras el ciudadano paga la entrada, las luces y los destrozos. Pero el ciudadano no es tonto, aunque se le trate como tal. O no todos son igual de tontos. Muchos ven el aplauso automático y reconocen el miedo. Leen el titular indulgente y detectan la consigna. Escuchan la entrevista cómoda y entienden que ahí no hay periodismo, sino propaganda con vaselina. Y cada vez que eso ocurre, la confianza se erosiona un poco más, pues comprenden que no se trata de un problema de ideología, sino de decencia, de honradez, de ideas, de coraje. Que la política española se ha convertido en una feria de oportunistas donde es más cómodo aplaudir, más seguro callar y más rentable escribir lo que se espera de ti. Y entre aplausos mercenarios y columnas complacientes se diluye una democracia anestesiada, cada vez más falsa, donde disentir es sospechoso y pensar por cuenta propia arroja a las tinieblas exteriores, lejos de las siglas que calientan y cobijan. De ese modo, cada vez más, abundan los palmeros con escaño o micrófono dispuestos a sostener a toda costa a líderes que, no importa el color que tengan, con diferentes talantes y estilos, se ríen y seguirán riéndose en la cara de esta desdichada democracia. Que no está enferma de conspiraciones rojas o azules, cuartelazos ni dictadores enterrados hace medio siglo, sino de aplausos cobardes.