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Patente de corso

Una historia de Europa (CXXII)

Arturo Pérez-Reverte

Viernes, 02 de Enero 2026, 09:49h

Tiempo de lectura: 3 min

Se va acabando esta informal historia de Europa, porque a medida que llega al presente todo es más fresco y sabido. Además, meterse en el jardín contemporáneo da una pereza enorme. Abreviaré diciendo que derrotados nazis y fascistas (protegidos por el anticomunismo de los EEUU, aún quedaban la España de Franco y el Portugal de Salazar como anormalidades políticas) y con la Unión Soviética dueña de un cinturón defensivo de países del este, el continente acabó estabilizándose a uno y otro lado del llamado Telón de Acero. Gracias a la lluvia de dólares de la ayuda norteamericana, Europa occidental se reconstruyó y modernizó. Países como Italia, Francia, Inglaterra y Alemania occidental, con sus respectivos regímenes parlamentarios, crecieron de forma asombrosa y estrecharon vínculos entre ellos. La idea base era evitar una nueva escabechina internacional, y eso se trabajó con tratados y declaraciones (como la Universal de los Derechos Humanos en 1948) y con planes de seguridad social, sanidad pública y educación. Mejoró de modo espectacular la actividad industrial, surgió una nueva clase media productora y consumidora, y la suma de intereses fraguó en la Comunidad del Carbón y el Acero (1951) y en la Comunidad Económica Europea, creada en 1957, a la que se fueron adhiriendo estado tras estado. Por su parte, al otro lado del Telón de Acero, la URSS (que había hecho un corte de mangas al Plan Marshall e iba a lo suyo) pastoreó con mano de hierro el llamado bloque socialista, privado de libertades políticas y con fuerte presencia militar soviética en Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía y Bulgaria (en Yugoslavia y Albania, con cierta autonomía propia, tuvieron sus propios modelos). Es indiscutible que en avances sociales los países comunistas mojaron la oreja a los occidentales, tanto en sanidad pública como en educación, igualdad de sexos y educación escolar; pero los límites políticos eran férreos, y la zona de influencia soviética fue sometida al modelo impuesto por Moscú: planificación centralizada, nacionalización de recursos, colectivización agraria y represión por parte de la policía política. Todo se hizo con una fría determinación que, aunque por una parte reforzó el tejido industrial, por la otra ocasionó escasez de bienes de consumo, ausencia de libertades políticas, absoluto control estatal y eliminación de toda disidencia. Fue Alemania el símbolo más evidente de la división de Europa: troceada en zonas controladas por los vencedores de Hitler, en 1949 se formalizó el asunto con la división de Berlín y la creación de dos estados: la República Federal de Alemania al oeste y la República Democrática Alemana al este (lo de democrática resume el cinismo de la retórica comunista de la época). En 1961 se construyó el muro de Berlín para evitar la fuga masiva de alemanes de la zona oriental, tentados por la prosperidad de la vecina república federal; y durante cuarenta años ese muro literalmente criminal fue símbolo de la división política europea, frontera entre la libertad y la represión comunista: a un lado la OTAN (alianza militar con Estados Unidos, en 1949) y al otro el Pacto de Varsovia (alianza militar dirigida por la Unión Soviética, en 1955). Paz imposible, guerra improbable, escribió el filósofo Raymond Aron. Con la disuasión nuclear de por medio, planteada una coexistencia razonable a partir de la muerte de Stalin (1953) y la llegada al poder en Moscú de Nikita Kruschev, ambos bloques equilibraron fuerzas limitándose a dar pellizquitos de monja (guerras coloniales, ajedrez en Oriente medio, crisis de los misiles en Cuba); pero siempre acabó por imponerse la prudencia, dejando cada cual las manos libres al otro en sus respectivas zonas. Eso hizo posible que, sin oposición occidental, la Unión Soviética aplastara de modo sangriento la revolución en Hungría cuando ésta quiso sacudirse el control comunista (1956) y también el intento de Checoslovaquia de convertirse en una democracia (1968). El equilibrio se mantuvo así hasta que el modelo soviético, incapaz de resistirse a los encantos que el pérfido capitalismo le restregaba por el morro, hizo crisis en la década de los 80, cuando las reformas de Mijail Gorbachov (Perestroika) aflojaron el control ruski sobre sus satélites. En 1989, una ola de protestas populares derribó a varios gobiernos comunistas, y ese año cayó el muro de Berlín. Paradójicamente, tal momento de euforia inauguró una era de incertidumbre, abriendo procesos de complicadas consecuencias a uno y otro lado de la antigua frontera. Durante cuatro décadas, el Telón de Acero había sido una línea nítida en una Europa que parecía fácil de entender: a un lado los buenos y a otro los malos, según el punto de vista de cada cual. Hoy esos conceptos han dejado de estar claros.

[Continuará].