Borrar
Animales de compañía

El odio a los niños

Juan Manuel de Prada

Viernes, 09 de Enero 2026, 10:27h

Tiempo de lectura: 3 min

Una de las pruebas más evidentes del descabalamiento que sufren nuestras sociedades, oprimidas por formas blandas y sibilinas de tiranía, la descubrimos leyendo la prensa, acaparada por cotorras y loritos sistémicos que regurgitan los mismos tópicos y lugares comunes precocinados, al servicio de los negociados ideológicos en liza; mientras las personas con un pensamiento distintivo e iluminador que penetra en la verdad profunda de las cosas son expulsadas a los márgenes.

Detrás de la abolición de la Navidad, cada año más palpable, hay odio a los niños

Una de esas personas perspicaces que deberían estar escribiendo en las tribunas más conspicuas y tiene que hacerlo desde los márgenes se llama David Souto; y publica sus reflexiones en un medio digital llamado Brownstone España. Hace unas semanas reflexionaba sobre la sórdida decoración que invade las calles de nuestras ciudades durante la Navidad, infestada de «horteradas nórdicas propias de un anuncio kitsch de Coca-Cola», renos, unicornios, ositos y hasta «dulces estadounidenses como galletas de jengibre, bastoncillos de caramelo o los hipercalóricos y empalagosos cupcakes». Todo ello mientras cualquier imagen alusiva al misterio de la Navidad ha sido por completo excluida, desterrada y hasta anatemizada. Hasta aquí Souto parece que se contente con arremeter contra la sórdida colonización cultural que padecemos; o que sólo denuncia el vaciamiento religioso de la Navidad y su conversión en una orgía de banalidad y consumismo. Pero Souto sabe mirar más allá y más adentro; y no vacila en incursionar en territorios lóbregos.

«La deliberada negación en el espacio público de las imágenes navideñas de estas tres figuras [San José, la Virgen y el Niño Jesús] es la negación del amor y de la familia, dos realidades insoslayables que son el enemigo a batir para los intereses de las clases dirigentes occidentales, pues tanto el amor como la familia son la única estructura que puede resistir a la mercantilización de la vida». Y, afinando todavía más, añade: «Si hay algo que este infernal nihilismo navideño intenta aniquilar es al niño. La cancelación en nuestras plazas y calles del niño Jesús (un niño que es todos los niños) y su sustitución por decoraciones chiclosas que pretenden instalarnos en un mundo de pre-adolescencia eterna, caprichos narcisistas y consumismo, es un síntoma fatal de que nuestra civilización se ha vuelto inhumana y odia a los niños y a todo lo que estos representan. El niño común que se encuentra reflejado en el niño Jesús (pobre, necesitado de su madre y de un padre, pero portador de una inocencia que es regeneradora y literalmente revolucionaria) es el auténtico katejon que nos protege del mal y hace imposible su triunfo. […] Cada niño es el salvador de una Humanidad que ha perdido el rumbo».

En efecto, detrás de la abolición de la Navidad que cada año se vuelve más palpable, hay odio a los niños; o al menos a los niños acogidos familiarmente, a los niños cuyo nacimiento crea vínculos indestructibles, a los niños que generan en torno a sí una comunidad de afectos que es también comunidad de afanes, comunidad de creencias, comunidad de lucha, comunidad de bienes. Cada vez que un niño es concebido, el palacio de Herodes se tambalea en sus cimientos; cada vez que un niño es alumbrado, Herodes pierde un trozo de su reino; cada vez que un niño se amamanta a los pechos de su madre, Herodes es condenado al destierro. En torno a un niño, nos convertimos en una fortaleza inexpugnable; estamos dispuestos a luchar hasta la muerte (muriendo y, llegado el caso, también matando) por ese niño que se convierte en el corazón sagrado de nuestra existencia. En torno a un niño, podemos defendernos de todas las formas de dominación, desde el individualismo al gregarismo, desde el colectivismo al capitalismo. Por eso los tiranos de cualquier época, desde Herodes a nuestros días, quieren 'controlar' la existencia de esos niños, impidiendo a toda costa que nazcan o, cuando no pueden impedirlo, tratando de 'intervenir' la familia de las formas más malignas, usurpando la patria potestad, convirtiendo el hogar en un territorio bajo sospecha que debe ser constantemente vigilado, «en busca de opresión machista o de violencia de padre y madre sobre un hijo al que no dejan, por ejemplo, cambiarse de sexo con 12 años».

David Souto percibe con clarividencia el odio al niño detrás de la falsificación de la Navidad, un odio de naturaleza antiquísima, el mismo y repetido odio de la antigua serpiente –«Pongo eterna enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya»–, un odio preternatural que en épocas terminales como la nuestra se embadurna de almíbar y envuelve su nihilismo con mucha fanfarria kitsch, para engañarnos sobre su verdadera naturaleza.