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La revolución de Elisha Otis, el hombre sin el que no existirían Nueva York, Hong Kong ni Dubái

El inventor del ascensor anticaídas

La revolución de Elisha Otis, el hombre sin el que no existirían Nueva York, Hong Kong ni Dubái

Ilustración de la época sobre la demostración que Otis hizo de su elevador anticaidas.

Cuando pensamos en los rascacielos de Nueva York, Hong Kong o Dubái, rara vez reparamos en el elemento que los hizo posibles: un ascensor seguro. Ese revolucionario invento es obra de Elisha Graves Otis, el hombre que permitió gigantescas proezas arquitectónicas.

Viernes, 04 de Abril 2025, 09:52h

Tiempo de lectura: 7 min

Se estima que la polea fue inventada en la Antigua Mesopotamia o Egipto, unos dos mil años antes de Cristo. Permitía ya entonces levantar bloques pesados en la construcción de templos y pirámides. Al matemático griego Arquímedes se le atribuye, incluso, el primer concepto de elevador, alrededor del 236 a .C., al idear un sistema de poleas y cuerdas movido por fuerza humana o animal. Durante la Edad Media y el Renacimiento se emplearon mecanismos similares en minas o castillos para subir cargas.

Los elevadores con poleas existían ya en la Grecia clásica, pero los accidentes eran tan comunes –y mortales– que en el siglo XIX todavía no se contemplaban para transportar personas

No sería, sin embargo, hasta las décadas de 1830 y 1840 cuando aparecerían los primeros ascensores impulsados por un motor de vapor, en sustitución de los animales. Se trataba de dispositivos rudimentarios, montacargas industriales y elevadores empleados en fábricas y almacenes, carentes de sistemas de seguridad efectivos. Cualquier rotura de cable o de las cuerdas de cáñamo resultaba en una caída libre incontrolada y, muchas veces, mortal.

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El genio que no llegó a ver el impacto de su creación. Elisha Graves Otis (1811-1861) murió a los 49 años de difteria, sólo tres meses después de que se le concediera la patente por su invento. Fueron sus dos hijos, Charles y Norton, quienes continuaron su legado empresarial.

Aunque no existen cifras precisas sobre cuántas personas morían anualmente en estos dispositivos, se sabe que en Europa y Estados Unidos se reportaban muertes por caídas desde alturas peligrosas antes de 1850 y que esos accidentes eran lo suficientemente comunes como para generar una desconfianza generalizada y no contemplar a los ascensores como una opción viable para edificios altos, que hasta entonces no superaban las seis plantas. Los elevadores de pasajeros, de hecho, casi no existían. Las trágicas noticias de los periódicos informando cada tanto de nuevos accidentes echaban por tierra toda posibilidad de instaurarlos.

Otis, montado él mismo en un montacargas, ordenó cortar la cuerda que lo sostenía. La plataforma apenas descendió antes de detenerse en seco. «¡Todo a salvo, caballeros!», exclamó Otis. Había nacido el ascensor con sistema hidráulico anticaídas

Todo cambió cuando Elisha Otis, un hombre con espíritu práctico y mente innovadora, presentó en 1854 su sistema de frenado automático en la Feria Mundial de Nueva York. Frente a un público incrédulo, Otis, montado él mismo en una plataforma elevada a gran altura y rodeado de pesados objetos, ordenó cortar la cuerda que sostenía el montacargas. Cuando su asistente lo hizo, la plataforma apenas descendió unos centímetros antes de detenerse en seco. «¡Todo a salvo, caballeros!», exclamó Otis con orgullo. Había nacido el ascensor de máxima seguridad con sistema hidráulico anticaídas. Con él, nacían también —aunque muchos no lo supieran aún, ni el propio Otis—, los rascacielos, Manhattan entera y, tras el coche, posiblemente, el medio de transporte más utilizado por la humanidad en todo el mundo.

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Su propia cobaya. Para mostrar la seguridad de su invento Elisha Otis se montó en un elevador con su sistema y mandó cortar la cuerda en presencia de todos en la Feria Mundial de Nueva York.

El mecanismo ideado por Otis era tan ingenioso como efectivo. Se basaba en un sistema de resortes y mordazas en torno a los rieles verticales por los que el ascensor sube y baja. Esos resortes y mordazas se activaban automáticamente si el cable principal se rompía. ¿Cómo logró Otis ese automatismo? Durante el uso regular del ascensor, un resorte mantiene abiertas las mordazas, permitiendo el movimiento libre de la cabina sobre los rieles verticales. Si el cable se rompe —es decir, si la velocidad excede repentinamente un límite seguro—, el resorte pierde tensión y las mordazas se pliegan hacia los rieles guía, apretándolos y frenando la caída de forma instantánea. El sistema no depende, además, de electricidad, lo que garantiza aún más su funcionamiento en todo tipo de emergencias.

Otis, de una familia humilde de granjeros, no tenía educación formal, pero desarrolló habilidades como carpintero y mecánico desde niño. Trabajaba como fabricante de armazones para camas cuando ideó su sistema anticaídas

Este mecanismo de seguridad creado por Otis inició una auténtica revolución y permitió que los ascensores pasaran de ser un peligro constante a una herramienta confiable y esencial para la nueva urbanización vertical que aún traza nuevos skylines en todo el mundo.

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Construir Manhattan. Los hijos de Otis, al frente de la compañía, instalaron su primer ascensor hidráulico en Nueva York en 1872, once años después de la muerte de su padre. La ciudad cuenta hoy con 421 rascacielos (de más 150 metros) y 16 superrascacielos (de más de 300 metros). Hong Kong la supera, con 657 rascacielos.

Elisha Graves Otis nació el 3 de agosto de 1811 en Halifax, Vermont, en una familia humilde de granjeros. Sin una educación formal avanzada, muy pronto mostró desarrolló habilidades mecánicas como carpintero, fabricante de camas y maquinista, trabajando en la construcción de carruajes y caravanas y como mecánico en una fábrica de armazones de cama. En 1852, trabajando para un fábrica en Yonkers, creó su sistema anticaídas. Creía tanto en él, que dejó su trabajo y creó por libre su propia compañía de ascensores. En más de un semestre, sin embargo, apenas logró vender un dispositivo. Comprendió entonces que debía llamar más poderosamente la atención e ideó su exitosa performance de soltarse él mismo al vacío.

Casado en dos ocasiones, tuvo dos hijos, Charles y Norton, de su primer enlace. Fueron justamente ellos quienes —tras su pronta muerte a los 49 años, el 8 de abril de 1861 en Yonkers, Nueva York, víctima de difteria— continuaron su legado empresarial. Al menos llegó a presenciar en 1857 la instalación del primer ascensor de pasajeros con motor a vapor en Nueva York.

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Tiempos modernos. Un ascensor de Otis en el Edificio Kohl de San Francisco en 1953, mostrado como ejemplo de modernización. Los del Empire State también fueron instalados por Otis Elevator Company.

A pesar de su corta vida, el impacto de Otis en la arquitectura urbana fue monumental. Gracias a su sistema de seguridad, ciudades enteras crecieron hacia el cielo, cambiando la vida urbana para siempre. A principios del siglo XX, Nueva York contaba con más de 10.000 ascensores, y hacia 1908, los edificios de oficinas de más de veinte pisos eran la norma. Hoy, se estima que más de mil millones de personas usan ascensores diariamente, y en urbes como Dubái o Hong Kong, estos dispositivos mueven más pasajeros que muchas redes de metro. Seguro que también tú te has subido cientos de veces a ascensores Otis, gracias en parte a la gran expansión empresarial desarrollada por sus hijos con la Otis Elevator Company a nivel internacional. Actualmente existen millones de ascensores Otis operando en todo el mundo, muchos en edificios emblemáticos como el Empire State Building, la Torre Willis en Chicago, la Torre Internacional de Comercio en Hong Kong y el Burj Khalifa en Dubái.

Su famosa exclamación: «¡Todo a salvo, señores!» no solo quedó grabada en la historia de la ingeniería, sino que marcó el comienzo de una era en la que la confianza en la tecnología permitió la expansión vertical de las ciudades. Sin duda, Otis no sólo diseñó un sistema de frenado: diseñó un nuevo mundo.

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Otro hito de Otis. En 1889, Otis se colgó otra medalla con la construcción del ascensor hidráulico de dos plantas que subía por raíles inclinados hasta la segunda planta de la torre Eiffel. Un segundo elevador, de otra compañía, llevaba hasta la tercera planta. El invento de Elisha era capaz, en pleno siglo XIX, de transportar a personas a alturas que rozaban ya los 300 metros con absoluta seguridad.

¿El primer 'robot' de la historia?

Aunque el ascensor no suele considerarse estrictamente un robot –no toma decisiones, por limitadas y programadas que estas fuesen–, tiene muchas características que lo acercan a la definición de un robot primitivo, ya que es una máquina autónoma capaz de cumplir una orden compleja. Un ascensor moderno cuenta, por ejemplo, con un sistema de control avanzado que detecta peso en la cabina, posición, puertas abiertas o cerradas, y responde a comandos específicos, lo cual es un comportamiento robótico básico. Y al 'pedirle' que nos lleve al piso 75, le estamos dando una instrucción que 'interpreta' y ejecuta.

No obstante, subirse hoy, 170 años después de Otis, a determinados ascensores modernos, especialmente a los más veloces y sofisticados de los rascacielos de Dubái o Hong Kong, tiene algo de ciencia ficción, un aire futurista de estar dentro de un mecha al estilo Mazinger Z, donde la tecnología te lleva en segundos a alturas inalcanzables para el ser humano, viendo cómo la ciudad se despliega a tus pies con sólo pulsar un botón. Los ascensores de alta velocidad ya cubren hasta 1200 metros por minuto y regulan su aceleración para que el viaje no genere vértigos ni incomodidad alguna. Sin duda, Otis se emocionaría en uno de ellos o viendo que los skylines de Manhattan o París llevan íntimamente su sello. Vería, al fin, que no sólo diseñó un sistema de frenado: diseñó un nuevo mundo.

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